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Cielo e Infierno en el TIPNIS

Cochabamba, 19 de agosto de 2018

Cuando la Comisión del Tribunal Internacional de los Derechos de la Naturaleza aterrizó en la comunidad Trinidacito, del TIPNIS, fue recibida con la tradicional danza de los macheteros. Unos treinta hombres, ancianos, chicas y chicos vistieron sus camisetas y bailaron elegantemente al son de la tamborita. Bailaron por la cancha de fútbol y usos múltiples, así como entre los pahuichis de las familias locales. En sus bellos y guerreros movimientos, interpretaban la eterna pelea entre el bien y el mal, entre Dios y el Diablo, el Cielo contra el Infierno, desde una interpretación propia del pueblo Mojeño. Al final de su presentación, la gente de la comunidad convidó a las visitas delicioso jugo de toronja, que abundan colgadas de los árboles en esta época. Desde este recibimiento paradisíaco, hasta la infame retención a la Comisión ayer en Isinuta, es necesario atravesar complejos círculos de opresión, dolor, poder, destrucción de naturaleza, así como culturas y familias: todo para enaltecer al reluciente dios Dinero. Un capitalismo exacerbado que se ve reflejado en su producto estrella, la cocaína.

Isinuta

-¿Para qué vienen hasta acá? Ahora aguantenselá.

La Comisión del Tribunal partió de Villa Tunari hacia Isinuta el 19 de agosto a las 8:30. Se esperaba encontrar allí con gente a favor de la carretera que iría hasta San Ignacio de Moxos. Se calculaba que quizás habría un cerco, en cuyo caso se preveía dar la media vuelta y retornar a Cochabamba. Qué inocentes. Claro que cuando las cinco movilidades quisieron dar la vuelta, ya se estaban entramando los minibuses del Sindicato Mixto de autotransporte 14 de Junio (¿Indígenas? No manchen…) De modo que por delante estaba el bloqueo de gente indefinida, tambaleante y amenazante, que estaba ahí en representación del Consejo Indígena del Sur (Conisur). Una organización que había enviado una invitación al Tribunal para dialogar. Para que sean escuchados por las y los visitantes. Pero en ese momento, decidieron desconocer su propia convocatoria.

El plan de la Comisión había sido llegar a la comunidad de Santísima Trinidad, en el centro del Polígono 7. ¿Y qué es el Polígono 7? Son unas 200 mil hectáreas que en las últimas décadas tomaron los sindicatos de campesinos productores de hoja de coca. Ya están ahí, se asentaron y nadie puede sacarlos del Territorio Indígena Parque Nacional Isiboro Sécure (TIPNIS).

La carretera que pasaría por este territorio iría por medio del Polígono 7 y también más arriba, donde aún no está devastada la vida de la región más biodiversa del país. Hay que ser muy necio para sostener que la carretera no destruirá todo a su alrededor, porque su tendido lógicamente implica la entrada de estaciones de servicio, gomeros, así como más familias campesinas cocaleras, desinteresadas en cuidar el medio ambiente y ansiosas por embolsillarse los billetes de ese circuito verde: hojas de coca por dólares.

Que nos bloquearan transportistas también era lógico. Si se hace la carretera por el TIPNIS, será una nueva ruta para poner a circular sus minibuses. Algunos vecinos nos recomendaban tomar caminos alternos para entrar. Una señora se detuvo un rato y nos dijo que los pobladores de Isinuta no están interesados en la carretera. Con la que ya tienen hasta Villa Tunari, y de ahí a todo el país, les alcanza, dijo.

En el Micro Estado

-No sean cobardes… No huyan- gritó un hombre, hecho el valiente en turba. Unos 150 manifestantes estaban en el punto de bloqueo. Algo menos que los 1500 indígenas que amenazaban acarrear los líderes pro-carretera en días pasados.

Algunos de ellos se sentaron a la sombra de la fila de autos estacionados, que esperaban el cese del bloqueo para seguir su curso. Muchos de los manifestantes tomaban alcohol puro y mascaban coca. Por sus caras, parecía que al menos desde la noche anterior venían en ese régimen.

Un hombre se acercó a una de las movilidades y miró a quienes se horneaban adentro.

-Están fritos- les dijo con su sonrisa de algunos dientes dorados. Y nos preguntó “¿Para qué vienen hasta acá?”. Estuvo un rato y se despidió. “Voy a rezar por ustedes”, dijo con sorna y se fue.

“¡Los vamos a quemar!”, gritaba alguna doña de mandil, sombrero blanco y pollera. “¡Quémenlos!”, avalaba otro. Varios poblados del Trópico de Cochabamba son recordados por haber aplicado en ocasiones aberrantes torturas y linchamientos, mal llamados “justicia comunitaria”. Así que ahí estaba la Comisión de unas 20 personas, entre integrantes del Tribunal, de la Coordinadora en Defensa de los Territorios, así como periodistas de medios de comunicación, quienes cada tanto sacaban la cámara, a pesar de que estaba expresamente prohibido por los manifestantes. Así estuvimos durante 6 horas a merced de un Micro Estado, conocido por su rudeza y su intransigencia cuando se trata de defender sus intereses.

Un anciano gritaba en quechua. Relataba que unos treinta años atrás, durante la Erradicación, los campesinos se subían a los árboles para esperar a los soldados de Estados Unidos y dispararles. Pedía que hicieran lo mismo con nosotros.

La Pachamama no está aquí

La alianza entre el Gobierno nacional y los sindicatos cocaleros no se basa sobre ideales en común, mucho menos en un horizonte político revolucionario compartido. Ninguna de esas charlas comunistoides que esbozan es sincera. Se trata de un intercambio de favores para beneficio mutuo. El Gobierno necesita bases que lo apoyen. Los cocaleros necesitan que nadie les moleste en su trabajo. Los dos se manejan bajo la misma lógica. Para ambos, una carretera significa “desarrollo y progreso”. Un eufemismo, porque en realidad debieran decir “dinero y negocios”. Ambos comparten una mirada capitalista sobre la naturaleza: una cosa por exprimir hasta vaciarla.

Lejos queda la imagen del campesino preocupado por sus cultivos y por el equilibrio en el ambiente. Quienes cultivan coca en esta región lo hacen por dinero, por mucho dinero. Según testimonios de indígenas del TIPNIS, nadie masca esa hoja y se va toda a la producción de la “pichicata”, como denunciaron en varias ocasiones. Por eso, en este trópico la hoja de coca representa la unión entre el campesino y la cara más cruel del capitalismo.

Los indígenas de los pueblos Yuracaré y Mojeño que aún viven dentro del Polígono 7 (Santísima Trinidad es una de ellas) están a merced de los colonizadores, quienes no dejan de colonizar. Cambiarles el nombre por “Interculturales” en nada modifica la ecuación para los indígenas oprimidos y reprimidos. Relataron que en tiempos de la colonización, los mineros devenidos campesinos “cazaban” a personas del pueblo Yuracaré o Yuki con salón, como si de conejos se tratara. En esa época eran pueblos no contactados, salvo por las balas de los colonizadores. Son asesinatos de los cuales no hay registro.

Hacia una Bolivia Made in China

A nosotros no nos dejaron pasar. Pero le ponen alfombra roja a súbditos chinos para que ingresen a la Amazonía a despanzurrar enormes caimanes, les arranquen los dientes a los bellos Jaguares que asesinan y se los lleven con total normalidad a sus casas. Sin hablar de todos los otros grandes negocios entre ambos países, que hacen de China el país al cual más plata le debemos, con 6.884.000.000 de dólares.

Parte de la caravana retenida era doña Amparo Carvajal, quien en enero de 2019 cumplirá 80 años. Estuvo en todo su derecho de perder la paciencia ante el trato descortés de los bloqueadores, sobre todo con un señor que andaba con su chicote. “Véngame a chicotear si quiere”, le gritó furibunda. El hombre se quedó ahí parado… ganas no le faltaban. Pero algo bueno debía haber en él, porque se volvió con sus cófrades.

Sobre el asfalto implacable de Isinuta hacían 38 grados. En ese momento se extrañaba el cariño de las y los comunarios de Trinidacito, quienes como regalo de despedida entregaron a cada visita tres toronjas, tres de sus tesoros, de su Paraíso terrestre. Pero las benditas toronjas habían quedado en Villa Tunari, junto con todo el equipaje… por las dudas.

Los del Conisur decían que tendríamos una reunión a las 15:00, cuando volvieran los dirigentes de almorzar. Faltaba una hora. Nos dijeron que en la reunión estarían otras organizaciones, como las Seis Federaciones del Trópico, y que evaluaban “entregarnos” a ellos.

Las compañeras y compañeros que quedaron en las ciudades, atentos a lo que pudiera suceder, no cesaron de likear, compartir, twittear, distribuir el poco material que se pudo enviar desde el lugar del amedrentamiento. Las personas extranjeras de la Comisión contactaron a sus respectivas Embajadas y organizaciones amigas en todo el mundo colaboraron al instante. La presión que se generó desde afuera permitió la aparición de un (1) policía. Porque estábamos en una zona liberada premeditadamente.

El policía pidió que dejáramos ahí las movilidades y nos fuéramos. Porque venía más gente de otras comunidades a reforzar el bloqueo, estaban “molestos” y no podía garantizar nuestra seguridad. Así que el único representante del Estado que vino -cuando ya estábamos hechos chicharrón- ¡vino para seguir amedrentándonos! Luego la presión fue muy grande y, quizás porque el Gobierno se aburrió de ese juego del gato y del ratón, nos pidieron que enviáramos por Google Maps nuestra ubicación exacta… Como si no supieran dónde queda Isinuta. Al rato apareció ya un Coronel de la Policía con dos oficiales más. Estuvo dialogando con los bloqueadores, luego medió en una charla improvisada entre los representantes del Conisur y la Comisión al mando de Alberto Acosta. Y nos liberaron.

Los policías nos instaron a huir rápidamente, y dijeron que nos escoltarían hasta Villa Tunari. En los 37 kilómetros de regreso, periódicamente se veía un Coliseo con el nombre del Presidente. También, al costado del camino cada tanto se veía a señoras esparciendo hojas de coca sobre enormes lonas azules.

(Por Sebastián Ochoa, de la Coordinadora en Defensa de los Territorios)

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